Ojalá hubieras desaparecido.
Ojalá te hubieras ido del todo.
Ojalá no hubiera conocido quien eres, como es tu cara y cual es tu manera de hacerme daño.
Ojalá me hubieras dado la oportunidad de idealizarte, de imaginarte de la manera en que yo quería que fueras.
Ojalá, al irte, te hubieras llevado todas tus cosas: tus fotos, tus toallas, tu poca risa y tu mucha mentira, en definitiva, todas las cosas que hacen daño.
Ojalá hubieras desaparecido una noche y no hubieras vuelto por la mañana.
Ojalá hubieras tenido el valor de quitarte del medio.
Ojalá, porque ahora las cosas serían mucho más fáciles, porque ahora no tendría que lidiar con tu risa a través del teléfono ni tampoco con tu cara de amargo algunos de los días que me armo de valor y asumo el riesgo de tenerte enfrente.
Ojalá, porque ahora, de alguna u otra forma, te querría, te echaría de menos y hace tiempo que te habría perdonado. Y no me habrían hecho falta ni un "lo siento" ni un gesto ni un detalle que nunca llegarán.
Ojalá te hubieras ido.
Ojalá hubieras desaparecido, te hubieras desvanecido, esfumado, desintegrado en esa niebla que dejas al pasar, en esas manchas de la pared, en el eco de una risa que huele a mentira, en los rescoldos de tardes frente a los fogones, en los papeles que llevan escrito tu nombre, en la parte trasera de un DNI, en todo este amor que tenía guardado para cuando cambiaras.
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