viernes, 30 de agosto de 2013

Que le cueste tan poco recuperar a Laura.

Son la 1:30 de la madrugada de un viernes 30 de agosto, el insomnio se adueña de los granos de arena de mi reloj. Hace días que el púrpura reina en mi cara y borra hasta la poca sonrisa que me queda. El recuerdo me invade lentamente, desgarrándome sin avisar, sin pedir permiso; el recuerdo del mismo cansancio, del mismo púrpura, del mismo modo que tienen las cosas de derrumbarse cuando todo parece pintar bien.
Es extraño que, después de tantos años, siga teniendo el mismo miedo, las mismas ganas de huir y el mismo temor a perderlo todo. Es extraño volver a sentirme de aquella manera, que todo aquello vuelva a invadirme, a superarme. Es extraño porque ya he crecido y yo siempre había pensado que, al crecer, el dolor desaparecería. Llevo tantos años esperando este momento, y resulta que vuelvo atrás, que vuelvo a hacerme minúscula, y yo odio empequeñecerme, que me encierren en una urna y tenga que vivir una vida que no me pertenece.
Son la 1:30 de la madrugada de un viernes 30 de agosto y echo de menos a alguien que apenas me conoce, a alguien que no sabe nada de mi púrpura, de mis noches en vela, de mis sueños y de mis pesadillas, de mis letras, de mis miedos. Echo de menos a alguien de quien no conozco sus ruinas, sus cimientos, sus sueños y sus realidades, sus ganas, sus odios.
Y es extraño que quien apenas sabe nada de mí consiga hacerme sentir en casa hablando en plural, es extraño que consiga que la soledad se reduzca, es extraño que consiga que, pequeña, me sienta suficiente.