Te veo ahí, tirado, con el mando en las manos y gritandole a la tele y como de vez en cuando te tranquilizas y apartas la vista de ella para encontrarme a mí, sentada en la mesa, concentrada en mis letras y mis palabras, y te piensas que no sé que me estás mirando y sonries, y me gusta pensar que lo haces porque me consideras tu sueño.
Te veo aquí, más cerca, con tus guantes y unas pesas en las manos que deben pesar más que yo. Y te miro, y estoy segura de que no eres consciente, y yo te sigo observando, te miro levantar y bajar el brazo y resoplar, y no voy a decir que es bonito, pero diré que ese tipo duro a veces me conquista un poco más.
Me ves aquí a tu lado, me he tumbado, ya sabes que no me encuentro bien, a veces me miras de reojo, a veces no disimulas y me sonries con esa sonrisa tan tremendamente bonita, a veces interrumpes tus pesas para darme un simple beso que apenas roza mis labios, pero esa es la mejor medicina que podrías darme.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Y de pronto me invade el miedo, un miedo extraño, que no sé de donde viene, que es demasiado pequeño como para salir corriendo y escapar. Y es un miedo contagiado de felicidad, una felicidad que dura intermitente desde hace algunos meses ya. Me entran ganas de moverme, de hacer mil cosas, esas mil cosas que me asusta haberme perdido, que me asusta no poder volver hacer, aunque una parte de mí no necesite hacerlas, aunque una parte de mí esté bien así.
No me gusta tener miedo, porque no me gusta quedarme paralizada, sin palabras, sin la frase exacta para cada instante. Me entran ganas de gritar, eso es, gritar, gritar lo más fuerte que mi voz pueda, hasta quedarme sin aliento. Y me daría igual, porque ya estaría dicho todo eso que queda por decir.
Es complicado encontrar el equilibrio perfecto entre dos personas, un equilibrio necesario entre sus gustos y los tuyos, entre tus miedos y los que él no tiene, entre tu risa y su enfado, entre tu enfado y su risa. A veces estaría bien que todo fuese más sencillo, que la rutina no tuviera la posibilidad de destrozar nada, que los enfados no pudieran desgastar, que el miedo no tuviera ni un solo hueco.
Siempre tendré dudas, siempre tendré miedo y nunca estaré segura de nada. Pero siempre iré pisando fuerte.
No me gusta tener miedo, porque no me gusta quedarme paralizada, sin palabras, sin la frase exacta para cada instante. Me entran ganas de gritar, eso es, gritar, gritar lo más fuerte que mi voz pueda, hasta quedarme sin aliento. Y me daría igual, porque ya estaría dicho todo eso que queda por decir.
Es complicado encontrar el equilibrio perfecto entre dos personas, un equilibrio necesario entre sus gustos y los tuyos, entre tus miedos y los que él no tiene, entre tu risa y su enfado, entre tu enfado y su risa. A veces estaría bien que todo fuese más sencillo, que la rutina no tuviera la posibilidad de destrozar nada, que los enfados no pudieran desgastar, que el miedo no tuviera ni un solo hueco.
Siempre tendré dudas, siempre tendré miedo y nunca estaré segura de nada. Pero siempre iré pisando fuerte.
sábado, 3 de septiembre de 2011
Más le vale al destino. Y a ti.
Morirme de ganas de que mañana aparezcas tú. Llevar 2 semanas contando los días que faltan. Espero con todas mis fuerzas haberte pillado con las manos en la masa y estar en lo cierto pensando que mañana estarás tú donde siempre. Tenerlo todo calculado, haberlo pensado, atado, apuntado... Espero no haberme equivocado. Porque sino... no sé qué pasará.
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