Y ahora resulta que lo echo de menos. A él. Al que menos se lo merece. Ahora resulta que cruzo los dedos para que aparezca en algún rincón, allí donde nunca he querido encontrármelo.
Y aunque duela, aunque me cueste entenderlo, aunque no quiera lo anhelo. Mucho. Anhelo esas tardes con prisas, preparando las bolsas, haciendo listas y planeando todo aquello que haría sin deber. Anhelo aquellas tardes-noches en la cocina inventado mil platos, probando mil cosas, que si huevos y queso al puré de patata o láminas de ajo con las salchichas. Anhelo aquellos raviolis con nata, muy espesa, con pimienta y mucha sal. Y también esos desayunos en la cama o tirada en el sofá, magdalenas rellenas o croissants con dulce de leche, o simplemente una ensaïmada o un robiol. Anhelo ver pelis antiguas y jugar al póker y casi siempre ganar. Anhelo dormirme a las tantas con la radio encendida y levantarme a las 3 de la mañana a buscar un Magnum o dos. Anhelo renegociar la hora de llegada y siempre conseguir lo que quería. Anhelo escuchar música de esa que nadie conoce y saberme las letras. Anhelo hasta gritarle, hasta pelearme con él y que el casi nunca se enfade.
Anhelo aquella paz, aquella libertad, aquel aire distinto que respiraba. Anhelo parecerme desgraciadamente a él y que se me note. Simplemente lo anhelo. Y no sé por qué.
BlackBerry de movistar, allí donde estés está tu oficin@
viernes, 13 de abril de 2012
Un cambio.
Ver su cara ya no hace tanto daño. Ver como aparece con esos nuevos aires y con esas nuevas ganas, esas que conmigo nunca tuvo. De pronto el silencio ya no me desgarra, ya sólo me golpea. Sin doler demasiado, sin llegar hondo.
Todavía no consigo explicarme el motivo de este anhelo, todavía no consigo comprender este nuevo sentimiento que me invade. Espero que me perdone parecerme a él, espero que no me tenga en cuenta estos genes que agarré y que hacen que me comporte igual que él. Con esta disimulada cobardía, con este enorme orgullo, en silencio y sin transmitir nada, pero eso sí: con la cabeza alta, muy alta. Supongo que de esta manera no voy a conseguir lo que quiero, quizá esto tan sólo son niñerías, pero supongo que en algún momento tendría que quedar en evidencia quien tiene 35 años menos.
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Todavía no consigo explicarme el motivo de este anhelo, todavía no consigo comprender este nuevo sentimiento que me invade. Espero que me perdone parecerme a él, espero que no me tenga en cuenta estos genes que agarré y que hacen que me comporte igual que él. Con esta disimulada cobardía, con este enorme orgullo, en silencio y sin transmitir nada, pero eso sí: con la cabeza alta, muy alta. Supongo que de esta manera no voy a conseguir lo que quiero, quizá esto tan sólo son niñerías, pero supongo que en algún momento tendría que quedar en evidencia quien tiene 35 años menos.
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Y me invade la nostalgia cuando, sin ningún tipo de inocencia, me acerco al armario y lo abro siendo plenamente consciente de lo que ando buscando. Aquella chaqueta enorme que conserva aún tu olor. No voy a mentirte, la vida aún se me inunda cuando reapareces en algún recobeco de mi mente con poca ropa y demasiada picardía. Permíteme confesarte que paso largas mañanas perdida entre la inmensidad de alguna de tus promesas. Permíteme que te diga que sigo temblando de miedo como aquel primer día que tuve el descaro de indagar en tus laberintos. Y aún desgarrándome los celos por dentro, aún extasiada de este olor que invade cada hueco de mi cuerpo, me vas a personas que mantenga mi cabezonería y siga diciendo "no, gracias" a ese largo café en la terraza de un ático mientras la vida se dibuja fácil cuando lois agarramos del alma.
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