Y de pronto te despiertas un día y el mundo no es tu casa. Tu casa viene y va. Y da miedo porque vuelves a estar dependiendo. Pero eso también te hace feliz. Y qué rabia da la vida cuando juega contigo, cuando no te deja claro si te está cerrando puertas o abriendo ventanas, cuando no sabes si se ríe de ti o se divierte contigo. Qué rabia da la vida que te hunde y no te explica que lo hace para que cojas impulso. Pero qué bonito reír. Qué bonito no pensar en mañana. Y volver a las buenas costumbres, a déjate modelar por manos de confianza. Qué bonito no mendigar caricias, no mendigar besos ni miradas. Qué bonito querer y dejar que te quieran.
Y entonces da igual no tener casa, entonces da igual sentirte perdida, porque cuando te pierdes con alguien de la mano... Entonces dejas de pensar y vuelves a levar anclas y a dejarte llevar y a vivir y a reír por fin y a no recordarte por las mañanas que tienes que respirar. Y qué bonito que sean pocos, pero que sean de verdad, que estén sin condiciones y haciendo la vida fácil.
Qué bonito que el dolor haya valido la pena. Qué bonito que los llantos, que los días malos, que las malas rachas, tengan unos días de tregua y recompensa. Qué bonito dejar a un lado todo aquello que pesa y hace daño y quedarse sólo con aquello que tiene magia.
Y por fin cambiar, dentro y fuera. Y por fin reconocer la figura del espejo, reconocer el sonido de la risa, el sonido fuerte de los pasos. Qué bonito. Qué bonito ser uno mismo, con lo mejor y con lo peor, porque lo peor también nos hace ser quien somos, porque lo peor también nos hace grandes y llegar lejos.
Y si esto no es felicidad, se parece mucho.