viernes, 28 de junio de 2013
De tiempos de frío. De un noviembre demasiado lejano.
Tantos días, tantas calles, tantos cielos sin tus manos. Y de pronto apareces y ni siquiera sé si eres ese sueño que se repite. Con mi mano en tu cintura y mis ojos puestos en un ayer más que incierto escucho esa voz tuya que suena a vodka y a tabaco, que suena a fuerza y a dolor, esa voz tuya que todavía me enamora , esa voz tuya que transforma el pasado en algo más que simple ceniza. Rodeada de este bosque que ha perdido las hojas, del humo que desprende tu cigarro, vuelvo a sentirme como aquella que un día huía, como aquella que un día tuvo que ser fugitiva de algo que ni siquiera entendía.
martes, 25 de junio de 2013
¿Con eme de qué?
Durante aquellos meses hiciste muchas promesas y yo... yo pensaba que las cumplirías, te ponías tan serio cuando me mirabas y con voz grave me decías "te lo prometo, Laura" que era imposible dudar de ti. Estuviste mucho tiempo sin romper ninguna, me lo recordabas cada día. "Tranquila, te lo prometí, no pasará nada" me decías cada vez que a mí me invadían los miedos.
No sé exactamente cuántos días pasaron hasta que rompiste la primera, pero fue algo que nunca te tuve en cuenta, te perdoné al instante. Esa promesa... yo la consideraba imposible de mantener, nunca la tomé en serio, siempre pensé que sería yo misma la que te obligaría a romperla. Es cierto, en esto último me equivoqué, y lo agradezco, porque así nunca tuve que sentirme culpable.
Recuerdo que te pasaste días sin ser, sin estar, sin existir, llorabas y lo admitías, no eras tú, no eras nadie. Creo que te sentías culpable, la culpa me dejó libre a mí para invadirte a ti, que me habías fallado decías, aunque yo nunca lo sentí así. "Tengo que verte, tengo que darte algo, no puedo romper más promesas" y apareciste con rosas rojas, como siempre. Ahora ya no tolero que me regalen rosas rojas, las rosas rojas son tuyas, te pertenecen, llevan tu nombre. Aquel día yo sentí que nunca me había equivocado, decías que me lo habías prometido, rosas rojas a cambio de algo, ahora no recuerdo de qué, y yo ni siquiera lo recordaba, no recordaba esa promesa porque creo que llegó un día en que a mí no me hacía falta que me prometieras nada, confiaba en ti, con los ojos cerrados, en cada palabra que me decías, sin dudas, sin miedo. Aquel día supe que no romperías ninguna más, supe que estarías siempre.
Me equivoqué. Sí, esta vez sí. Después de 19 meses me encuentro de frente con tu espalda. Sí que has roto tus promesas, una a una, poco a poco, haciéndome daño sin que ni siquiera me diera cuenta. Supongo que cuando uno empieza ya no puede parar. Lo que me duele ahora es lo fácil que te ha resultado perderte. Lo que me duele ahora es que la chica de las no-promesas sigue manteniendo la suya.
No sé exactamente cuántos días pasaron hasta que rompiste la primera, pero fue algo que nunca te tuve en cuenta, te perdoné al instante. Esa promesa... yo la consideraba imposible de mantener, nunca la tomé en serio, siempre pensé que sería yo misma la que te obligaría a romperla. Es cierto, en esto último me equivoqué, y lo agradezco, porque así nunca tuve que sentirme culpable.
Recuerdo que te pasaste días sin ser, sin estar, sin existir, llorabas y lo admitías, no eras tú, no eras nadie. Creo que te sentías culpable, la culpa me dejó libre a mí para invadirte a ti, que me habías fallado decías, aunque yo nunca lo sentí así. "Tengo que verte, tengo que darte algo, no puedo romper más promesas" y apareciste con rosas rojas, como siempre. Ahora ya no tolero que me regalen rosas rojas, las rosas rojas son tuyas, te pertenecen, llevan tu nombre. Aquel día yo sentí que nunca me había equivocado, decías que me lo habías prometido, rosas rojas a cambio de algo, ahora no recuerdo de qué, y yo ni siquiera lo recordaba, no recordaba esa promesa porque creo que llegó un día en que a mí no me hacía falta que me prometieras nada, confiaba en ti, con los ojos cerrados, en cada palabra que me decías, sin dudas, sin miedo. Aquel día supe que no romperías ninguna más, supe que estarías siempre.
Me equivoqué. Sí, esta vez sí. Después de 19 meses me encuentro de frente con tu espalda. Sí que has roto tus promesas, una a una, poco a poco, haciéndome daño sin que ni siquiera me diera cuenta. Supongo que cuando uno empieza ya no puede parar. Lo que me duele ahora es lo fácil que te ha resultado perderte. Lo que me duele ahora es que la chica de las no-promesas sigue manteniendo la suya.
martes, 4 de junio de 2013
Querido Vallés:
Ojalá hubieras desaparecido.
Ojalá te hubieras ido del todo.
Ojalá no hubiera conocido quien eres, como es tu cara y cual es tu manera de hacerme daño.
Ojalá me hubieras dado la oportunidad de idealizarte, de imaginarte de la manera en que yo quería que fueras.
Ojalá, al irte, te hubieras llevado todas tus cosas: tus fotos, tus toallas, tu poca risa y tu mucha mentira, en definitiva, todas las cosas que hacen daño.
Ojalá hubieras desaparecido una noche y no hubieras vuelto por la mañana.
Ojalá hubieras tenido el valor de quitarte del medio.
Ojalá, porque ahora las cosas serían mucho más fáciles, porque ahora no tendría que lidiar con tu risa a través del teléfono ni tampoco con tu cara de amargo algunos de los días que me armo de valor y asumo el riesgo de tenerte enfrente.
Ojalá, porque ahora, de alguna u otra forma, te querría, te echaría de menos y hace tiempo que te habría perdonado. Y no me habrían hecho falta ni un "lo siento" ni un gesto ni un detalle que nunca llegarán.
Ojalá te hubieras ido.
Ojalá hubieras desaparecido, te hubieras desvanecido, esfumado, desintegrado en esa niebla que dejas al pasar, en esas manchas de la pared, en el eco de una risa que huele a mentira, en los rescoldos de tardes frente a los fogones, en los papeles que llevan escrito tu nombre, en la parte trasera de un DNI, en todo este amor que tenía guardado para cuando cambiaras.
Ojalá te hubieras ido del todo.
Ojalá no hubiera conocido quien eres, como es tu cara y cual es tu manera de hacerme daño.
Ojalá me hubieras dado la oportunidad de idealizarte, de imaginarte de la manera en que yo quería que fueras.
Ojalá, al irte, te hubieras llevado todas tus cosas: tus fotos, tus toallas, tu poca risa y tu mucha mentira, en definitiva, todas las cosas que hacen daño.
Ojalá hubieras desaparecido una noche y no hubieras vuelto por la mañana.
Ojalá hubieras tenido el valor de quitarte del medio.
Ojalá, porque ahora las cosas serían mucho más fáciles, porque ahora no tendría que lidiar con tu risa a través del teléfono ni tampoco con tu cara de amargo algunos de los días que me armo de valor y asumo el riesgo de tenerte enfrente.
Ojalá, porque ahora, de alguna u otra forma, te querría, te echaría de menos y hace tiempo que te habría perdonado. Y no me habrían hecho falta ni un "lo siento" ni un gesto ni un detalle que nunca llegarán.
Ojalá te hubieras ido.
Ojalá hubieras desaparecido, te hubieras desvanecido, esfumado, desintegrado en esa niebla que dejas al pasar, en esas manchas de la pared, en el eco de una risa que huele a mentira, en los rescoldos de tardes frente a los fogones, en los papeles que llevan escrito tu nombre, en la parte trasera de un DNI, en todo este amor que tenía guardado para cuando cambiaras.
domingo, 2 de junio de 2013
Sábado de un mes de marzo.
De
pronto otra vez su mano sobre la mía, su cara tan cerca. De pronto otra vez su
calor y su risa inundando cada poro de mi piel. Abrir los ojos y otra vez tan
cerca, tan suave, tan tierno. Y perder la noción del tiempo, perderme en cada
uno de los lunares que, como yo quisiera, marcan uno a uno cada palmo de su
piel.
Y así,
sin darme apenas cuenta, recuperarlo lentamente, cada segundo perdido, cada
sonrisa escondida, cada caricia, cada abrazo y cada beso que se quedaron a
medias. Y así, como tanto había esperado, sentir que su olor vuelve a formar
parte de mi ser, que la espalda donde se mantiene en pie mi mundo nunca se ha
marchado. Y de alguna manera que no necesito comprender ser feliz unos
instantes, comprender que la vida se trata de eso, de aprovechar los instantes,
de dejar las lágrimas a un lado y disfrutar de la manera en que se revuelve
soñoliento entre las mantas.
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