martes, 23 de marzo de 2010


Nadie puede apostar todo lo que tiene a una sola carta y perder y luego seguir sin dejar escapar de su boca una sola palabra sobre esa pérdida. Porque nadie puede esperar y esperar y esperar sin cansarse de esa espera y nadie puede tratar al trinfo y al fracaso de la misma manera, nadie puede soñar sin ser dominado por sus sueños lo más mínimo y nadie puede ver como su vida se desmorona ante sus ojos, agacharse y reconstruirla con las pocas fuerzas que le quedan sin derramar ni una sola lágrima. Porque nadie puede ser inmune a todo el dolor del mundo. Porque todos tenemos nuestro punto débil, nuestro dolor, nuestro problema, nuestra cosa que puede hacernos daño, por muy fuertes que seamos. A todos nos pueden hacer daño, los enemigos, los amigos, los que no conocemos y los que conocemos como la palma de nuestra mano, porque todo el mundo tiene un poquito de corazón, por poco que sea y a todo el mundo le duele sentirse segundo plato, a todo el mundo le duele sentirse rechazado, a todo el mundo le duele ver como le giran la cara y se van, a todo el mundo le duele ver como le dejan con la duda, con la soledad, a todo el mundo le duele ver como un amigo le traiciona, como su pareja le deja, como su padre no le hace caso, A todo el mundo. Y da igual el tiempo que perdamos intentando aparentar que nada nos hace daño, porque todos sabemos que hay algo que puede hacernos daño, la más mínima cosa, por única que sea, por pequeña, da igual, pero hay algo que puede hacernos daño.
La gente pensaba que Aquiles no podia morir nunca, pensaban que a Aquiles no se le podía herir, no se le podía matar, hasta que alguien, por mera casualidad, le dió en el talón y ahí descubrió su punto débil, ese era su punto débil, esa era la manera de hacerle daño, eso era lo que a Aquiles le dolía. Quizá es un ejemplo un tanto estúpido, pero es el mejor que se pueda encontrar.
Todo el mundo tiene un punto débil, algo que puede hacerle daño, algo que puede destrozarle, hundirle, algo que puede tirarle al suelo, por mucho que nos negemos a aceptarlo, por mucho que la gente se empeñe en malgastar su vida, sus días en esfuerzos que no sirven para nada, en esfuerzos para intentar que nada duela, da igual lo que hagas, porque siempre habrá algo que te va a seguir doliendo, habrá algo que te va a doler, porque nadie es lo suficiente insensible como para que no le duela que su padre se vaya, que un amigo le de la espalda, que la persona que más quiere de un día para otro le diga que ha dejado de quererle. Nadie es lo suficientemente insensible, nadie es lo suficientemente fuerte, porque nadie es perfecto, nadie. Al igual que nadie puede evitar influenciarse por los demás, al igual que nadie puede evitar cometer un error, un fallo, una equivocación, al igual que nadie puede evitar caerse. No podemos, son cosas que nacen y viven con nosotros hasta que morimos, no podemos evitarlo, pero dan igual las cosas que puedan o no hacernos daño, no importan, no importa si a mí me hacen daño 50 y al otro sólo le hacen daño 2 cosas. Lo que importa es que cuando nos han hecho daño, cuando tenemos la herida marcada en la piel, cuando estamos tirados en el suelo sin saber que hacer, lo que cuenta es si sabemos levantarnos, si podemos cicatrizar la herida, si sabemos seguir adelante aún con las lágrimas secas en la cara, aún muertos de cansancio, aún agotados de la vida, de estar de pie, eso es lo que cuenta: la capacidad de poder seguir, de no rendirte, de no tirar la toalla por muy grande que haya sido el dolor, por muy grande que haya sido el fracaso, por muy grande que haya sido la pérdida, porque a todos nos pueden hacer daño, pero no todos podemos superarlo.

viernes, 19 de marzo de 2010


Y para mí tiene que volver a ser un día más. Yo no puedo levantarme cinco minutos antes para saltar en su cama y gritarle "¡felicidades!", yo no puedo hacer una postal diciéndole lo mucho que le quiero ni puedo recaudar dinero para poder comprarle algo ni puedo romperme la cabeza durante una semana pensando en un regalo nunca visto. No puedo, nunca he podido. Ahora recuerdo cuando tenía seis años y en el colegio haciamos cosas con madera para dárselas a ellos. Recuerdo que un año hice un cacharro para poner las corbatas, otro un bote para el cepillo de dientes y los otros regalos no logro recordarlos, seguramente porque acabaron en la basura, y esos dos únicos que recuerdo acabaron en el armario y baño de casa de mis tios, supongo que ellos son, de todo lo que tengo, lo más parecido a un padre. Este día se me hace insoportable, no soy capaz de digerirlo, se me quedan los pedazos del dolor incrustados en el pecho impidiéndome respirar. Supongo que después de tantos años tendría que haber aprendido a vivir así, supongo que ya no tendría que dolerme, pero me duele con la misma intensidad que aquellos días lejanos en los que no entendía por qué nunca había estado en casa.
En este preciso momento puedo asegurar que se puede echar de menos aquellos que nunca has tenido, porque yo anhelo con tanta fuerza ese abrazo, ese "te quiero" que nunca llegó que en ocasiones empezaría a llorar y no pararía, no pararía hasta convertir las miradas de odio en palmadas de ternura, hasta convertir la rabia en comprensión. Supongo que ha llegado el momento de mirar hacia delante sin temer lo que hay detrás de mi espalda, el momento de aprender a vivir sin la parte que me falta, de dejar de buscar lo que jamás podré conseguir.