Es extraño porque, desde el primer momento en que tú empezaste a dibujarme un futuro, yo asumí que ese futuro nunca iba a tener lugar, y aún así lo creí, creí que habría ático y café con tostadas y bocadillos de jamón y canciones en la madrugada y despertares a zarandeos, creí que habría Sasha y que iba a convertirme en un horizonte que nunca acaba. La vida era más fácil cuando yo creía que me había convertido en tu horizonte, en tu futuro. La vida se hacía sencilla cuando yo me imaginaba sustituyendo el vodka, jamás el tabaco.
En realidad, siempre estuve imaginando, imaginándote sin golpes e imaginádonos sin escondernos, imaginándome a tu lado, con arrugas y poco vida que pintar. Ahora ya sólo me queda imaginarte feliz y bueno, viviendo esa vida que tanto te has empeñado en alcanzar, lejos de mí, pequeña tuya, lejos de nuestras lluvias.