martes, 23 de julio de 2013

Cuando los kilómetros existen de verdad.

Ya no sé cómo voy a sobrevivir si no puedo imaginarte apareciendo con esos aires tuyos detrás de algún rincón. No sé cómo voy a sobrevivir sin imaginarte aparecer agarrándome por la cintura un día cualquiera que yo voy con prisas a alguna parte donde no vas a estar tú. No sé cómo voy a acostumbrarme a no imaginarte apareciendo de nuevo y confesando que necesitas mi motor, que necesitas mi alegría, mis ganas de vivir.
Es extraño porque, desde el primer momento en que tú empezaste a dibujarme un futuro, yo asumí que ese futuro nunca iba a tener lugar, y aún así lo creí, creí que habría ático y café con tostadas y bocadillos de jamón y canciones en la madrugada y despertares a zarandeos, creí que habría Sasha y que iba a convertirme en un horizonte que nunca acaba. La vida era más fácil cuando yo creía que me había convertido en tu horizonte, en tu futuro. La vida se hacía sencilla cuando yo me imaginaba sustituyendo el vodka, jamás el tabaco.
En realidad, siempre estuve imaginando, imaginándote sin golpes e imaginádonos sin escondernos, imaginándome a tu lado, con arrugas y poco vida que pintar. Ahora ya sólo me queda imaginarte feliz y bueno, viviendo esa vida que tanto te has empeñado en alcanzar, lejos de mí, pequeña tuya, lejos de nuestras lluvias.

jueves, 11 de julio de 2013

наркотик

Yo simplemente te vi, te vi otra vez así, tan azul, tan grande, tan tú, que sentí la necesidad de necesitarte, sentí que eras tú quien tenía que salvarme, salvarme del agujero, del túnel. Qué típico ¿no? Pero no, tú no eres nada típico, tú has tenido que enfadarte conmigo, pero esta vez, lo reconozco, toda la culpa es mía. Ya te lo dije (o tal vez no), te echo de menos, o quizá sólo echo de menos tú olor a tabaco y tus manos rugosas moldeando cada palmo de mi cuerpo, milímetro a milímetro, convirtiendo mis vértices en parte de tus lados. Quizá sólo echo de menos la manera en que te recostabas en el marco de la puerta y yo sentía que me convertía en tu horizonte, un horizonte desnudo, un horizonte sin prisas, un horizonte sin miedo. Quizá y sólo quizá, lo que echo de menos es sentir que me llevas a casa sana y salva, que me he librado una vez más, que ha pasado un día más y yo sigo entera, que no me falta ningún cachito, que nadie tiene que llorarme. Sentir que tú eres el responsable de que yo pueda seguir teniendo dudas, teniendo miedo, teniendo sueños.