Y ahora resulta que lo echo de menos. A él. Al que menos se lo merece. Ahora resulta que cruzo los dedos para que aparezca en algún rincón, allí donde nunca he querido encontrármelo.
Y aunque duela, aunque me cueste entenderlo, aunque no quiera lo anhelo. Mucho. Anhelo esas tardes con prisas, preparando las bolsas, haciendo listas y planeando todo aquello que haría sin deber. Anhelo aquellas tardes-noches en la cocina inventado mil platos, probando mil cosas, que si huevos y queso al puré de patata o láminas de ajo con las salchichas. Anhelo aquellos raviolis con nata, muy espesa, con pimienta y mucha sal. Y también esos desayunos en la cama o tirada en el sofá, magdalenas rellenas o croissants con dulce de leche, o simplemente una ensaïmada o un robiol. Anhelo ver pelis antiguas y jugar al póker y casi siempre ganar. Anhelo dormirme a las tantas con la radio encendida y levantarme a las 3 de la mañana a buscar un Magnum o dos. Anhelo renegociar la hora de llegada y siempre conseguir lo que quería. Anhelo escuchar música de esa que nadie conoce y saberme las letras. Anhelo hasta gritarle, hasta pelearme con él y que el casi nunca se enfade.
Anhelo aquella paz, aquella libertad, aquel aire distinto que respiraba. Anhelo parecerme desgraciadamente a él y que se me note. Simplemente lo anhelo. Y no sé por qué.
BlackBerry de movistar, allí donde estés está tu oficin@
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