miércoles, 14 de septiembre de 2011

Y de pronto me invade el miedo, un miedo extraño, que no sé de donde viene, que es demasiado pequeño como para salir corriendo y escapar. Y es un miedo contagiado de felicidad, una felicidad que dura intermitente desde hace algunos meses ya. Me entran ganas de moverme, de hacer mil cosas, esas mil cosas que me asusta haberme perdido, que me asusta no poder volver hacer, aunque una parte de mí no necesite hacerlas, aunque una parte de mí esté bien así.
No me gusta tener miedo, porque no me gusta quedarme paralizada, sin palabras, sin la frase exacta para cada instante. Me entran ganas de gritar, eso es, gritar, gritar lo más fuerte que mi voz pueda, hasta quedarme sin aliento. Y me daría igual, porque ya estaría dicho todo eso que queda por decir.
Es complicado encontrar el equilibrio perfecto entre dos personas, un equilibrio necesario entre sus gustos y los tuyos, entre tus miedos y los que él no tiene, entre tu risa y su enfado, entre tu enfado y su risa. A veces estaría bien que todo fuese más sencillo, que la rutina no tuviera la posibilidad de destrozar nada, que los enfados no pudieran desgastar, que el miedo no tuviera ni un solo hueco.
Siempre tendré dudas, siempre tendré miedo y nunca estaré segura de nada. Pero siempre iré pisando fuerte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario